Nery Brenes, Atleta olímpico
Los sueños vuelan a 44:94 segundos

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Randall Corella V. | rcorella@nacion.com

Ahogado en cólera, Nery Brenes la emprendió a puñetazos contra una pared del estadio Olímpico de Pekín. Había hecho el mejor tiempo de su vida, un récord centroamericano que lo colocaba como décimo del mundo, pero aquel 44:94 no era suficiente.

Alguien se acercó a animarlo, a decirle que aún faltaban unos resultados para saber si estaba fuera de la final olímpica de 400 metros. “¡No, no, ya no entré, ya no entré!”, le respondió sin dejarlo terminar sus cábalas.

Eran solo ocho centésimas las que lo dejaban en el camino sobre la pista del estadio Nido de Pájaro, pero cada una de ellas hería su orgullo, en su enorme deseo por llegar a la final con toda Costa Rica sobre sus hombros.

Aún hoy, cuatro meses después, cuando alguien lo detiene en la calle para estrecharle la mano, darle un abrazo y felicitarlo, él insiste en contestar: “Me fue más o menos”.

No es pedantería, para nada, porque bajo esa piel de ébano hay un joven tan humilde como alegre. Su ego deportivo y sus deseos de triunfo están casi tan altos como el amor que siente –y no oculta– por su madre, sus dos hermanos y su prometida.

Como un juego. El 25 de setiembre de 1985, Doña Maidela Cárdenas dio a luz a su primogénito cuando tenía 18 años y, desde entonces, se partió el lomo por el pequeño Nery.

El inquieto morenito supo corresponder al cariño de su madre, pero las piernas le ardían por salir corriendo. En el barrio Bellavista de Limón, pasó la infancia jugando, tarde a tarde, con sus primos. Hizo la primaria en la escuela General Tomás Guardia y aunque no era un mal estudiante, bromea diciendo que a los primeros promedios se acercaba solo en los exámenes.

Mejengueaba de cuando en vez y era liguista hasta la muerte; sabía algo de béisbol y baloncesto, pero al atletismo no lo había visto ni en tele . Fue casi terminando la escuela, cuando tenía 12 años, que llegaron a invitarlos para hacer una competencia en el parque Vargas, una cosa de niños con intenciones ocultas.

“Ponían los zapatos de todos en un saco y yo tenía que llegar, encontrar uno de los míos, ponérmelo, dar una vuelta corriendo, regresar a ponerme el otro y dar dos vueltas más. Eran juegos de niños, pero no sabía que estábamos haciendo atletismo”, recuerda entre risas.

Sobra decir que Nery ganó y ahí empezó todo. Quizá los entrenadores de esa época se ilusionaron con aquel chiquillo, pero aunque él soñaba con ser campeón del mundo, no lograba encontrarle la seriedad a ese asunto de las carreras.

“Un día me fui sin permiso a una competencia que hicieron en el polideportivo, me quebré un diente y mi mamá no quería que volviera; le daba miedo, me sacó y todo. Pasó como un año y me metí a Juegos Nacionales, otra vez sin permiso, pero ya ella empezó a apoyarme”, cuenta.

Sus primeros años de carrera no fueron a pista abierta. Unas veces ganaba, otras perdía, entrenaba poco y se volvió un atleta itinerante. Siendo juvenil, hizo la mejor marca del país en 400 metros, volvió a Juegos, ganó tres medallas y se retiró por un año. Llegó con cierta fama a las justas de Cartago en el 2006 y ahí recibió el golpe que lo cambiaría todo.

“Llegué ahí como favorito y me dieron una paliza, después no sabía cómo ver a la gente. Me bajaron el orgullo y empecé a ver las cosas diferente”, confiesa.

El Nery que corrió meses después en los Centroamericanos y en el Mundial Mayor de Finlandia era otro. Bajo la tutela de Wálter Salazar, aprendió una estricta disciplina que lo ha llevado de logro en logro.

El año pasado, en el Mundial de Osaka, Japón, consiguió la marca para ir a Pekín 2008. El crono de 45:01 ya bastaba para soñar en grande, pero Nery le agregó algo más de sazón.

El cuarto lugar en el Mundial bajo techo en Valencia y varias medallas en Europa y América, clavaron sobre el joven atleta la esperanza de millones de ticos.

Regresó a Oriente en agosto pasado, y no defraudó. Clasificó a la semifinal olímpica de los 400 metros planos, tras ganar su hit eliminatorio. Ocho centésimas lo dejaron fuera de la final, pero su tiempo de 44:94 lo colocó como décimo del mundo.

Hombre de familia. “¿Usted es Nery, verdad? ¿Le puedo dar un abrazo?”. La emocionada pregunta de aquella joven en una cafetería josefina intimidó al atleta olímpico. Volvió a ver a su novia y asintió con timidez. “A veces no sé qué decir”, confesó después.

De entrada, ese rostro serio y enmarcado por rizos negros también intimida a muchos, pero ya en confianza, Nery es un hombre de risa fácil. Tan fácil como percibir en él todo el amor que siente por su madre y su novia, Sasha Sanabria; todo el cariño que les guarda a sus dos hermanos menores – Ronny y Berta–, y su nueva sobrina Eyshilyn, aunque en ocasiones peque por su carácter.

“Con mi hermana soy más ‘chineador’, aunque a veces la regaño mucho, pero es por cariño. No sé si ellos me verán como un ejemplo, nunca me lo han dicho, pero yo solo quiero que estén bien”, asegura.

A principios de año, Nery dejó Corales y se mudó a un apartamento en Heredia para seguir entrenando, pero cada vez que puede se escapa para su tierra.

Como buen limonense, es amante del reggae , el roots y la comida caribeña. Aunque se confiesa “medio quitado” para la cocina, no le niega el diente a nada... o casi nada. “No me gustan los tamales, las tortillas, las empanadas... nada que tenga masa”.

Tampoco se niega a los retos del futuro: estudiar, tener su propia empresa y, por supuesto, seguir volando en la pista hasta cumplir su sueño en la próxima cita olímpica. Todo a su paso: zancada a zancada. “Aún no me siento cerca de Londres.. primero hay que ser campeón mundial”.

 

 

 

 

 

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